Menos discurso y más comida: el reclamo detrás de los módulos alimentarios del Gobierno Provincial
Angel Fretes
Hay momentos en los que la política tiene que dejar los discursos, los escritorios y las estadísticas para mirar algo mucho más sencillo: qué pone una familia sobre la mesa cuando llega la hora de comer.
Pero ambas deberían servir para reflexionar sobre algo que no puede pasar inadvertido: hay familias que están necesitando ayuda y aseguran que lo que reciben no les alcanza.
Una madre de una familia de cinco integrantes contó en mi programa de radio El Ángel de la Radio que recibió, entre otros productos, un paquete de harina, medio kilo de arroz, dos paquetes de fideos, algunas papas, una naranja y dos manzanas.
Una naranja. Dos manzanas. Para cinco personas.
La mujer no pidió que el Estado le resolviera la vida. De hecho, dijo algo muy claro: “Entiendo que es una ayuda, pero debería cubrir al menos 15 días”. Y creo que ahí está el punto.
Una política alimentaria no puede medirse solamente contando cuántas bolsas se entregaron.
Hay que mirar qué hay adentro de esas bolsas, para cuántas personas están destinadas, cuánto duran y en qué condiciones llegan los alimentos.
Porque medio kilo de arroz para cinco personas puede desaparecer en una comida. Un paquete de fideos puede resolver otra. Y una naranja para una familia completa directamente obliga a preguntarse qué criterio se utiliza para armar esos módulos.
A esto se suma otro testimonio. Un vecino aseguró haber observado cajas de pollo cargándose en un automóvil particular sin identificación oficial. Él mismo aclaró que desconoce cuál era el destino de esa mercadería.
Entonces no corresponde acusar a nadie de haberse llevado alimentos. Pero sí corresponde algo mucho más sencillo: explicarlo.
Decir públicamente quién estaba autorizado a retirar esas cajas, hacia dónde iban y cuál es el sistema utilizado para controlar la mercadería.
La transparencia también sirve para evitar sospechas. Hay gente que realmente la está pasando mal. Detrás de una bolsa de alimentos no hay solamente un número de expediente.
Hay personas. Hay jubilados. Hay madres y padres. Hay chicos. Hay trabajadores que quizás tienen un ingreso pero llegan al día 20 y ya no saben cómo completar el mes.
Y nadie debería sentirse humillado por pedir ayuda cuando realmente la necesita.
Por eso también hay que pensar cuánto trámite se le exige a una persona para después terminar entregándole una asistencia que, según estos testimonios, puede durar apenas unos días.
Si el Estado sabe cuántas personas viven en una casa, la ayuda debería guardar alguna relación con esa realidad.
No puede ser exactamente lo mismo alimentar a una persona que alimentar a cinco.
Esto no debería convertirse en una pelea política. Tampoco se trata de utilizar la necesidad de la gente para hacer política partidaria.
Se trata de mejorar. Si los módulos son insuficientes, hay que revisarlos. Si determinados alimentos llegan en malas condiciones, hay que controlar a los proveedores.
Si existe mercadería trasladándose en vehículos particulares, hay que garantizar su trazabilidad y explicar el procedimiento.
Y si el presupuesto no alcanza, hay que decirlo de frente y establecer prioridades.
Porque cuando falta plata en una casa, una familia hace exactamente eso: prioriza. El Estado también debería hacerlo.
Mi llamado a las autoridades provinciales es sencillo:
Agarren uno de esos módulos. Pónganlo arriba de una mesa. Miren producto por producto y pregúntense cuánto tiempo podría alimentar eso a una familia de cinco personas.
No desde un despacho. No desde una planilla. Piénsenlo como si esa fuera la comida que tienen disponible para sus propios hijos durante los próximos días. Quizás ahí cambie la mirada.
Porque ayudar no es solamente entregar algo y sacarse una foto diciendo que se cumplió.
Ayudar es lograr que esa ayuda realmente sirva.
Y cuando una madre termina una entrevista diciendo “estoy indignada” porque recibió una naranja y dos manzanas para una familia de cinco, las autoridades deberían escuchar antes de defenderse.
No para buscar culpables. Para mirar lo que está pasando, corregir lo que haya que corregir y recordar que detrás de cada bolsa hay una familia esperando poder llenar la olla.

